El abogado querellante de la familia Villar publicó un sentido mensaje luego de finalizado el juicio por Nélida

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NÉLIDA ANTE EL ESPEJO: el abogado querellante de la familia Villar publicó un sentido mensaje luego de finalizado el segundo juicio por Nélida

“…unos días antes de su muerte, entré en la habitación y vi a Neli mirándose en el espejo, tocándose la panza, como si estuviera embarazada…” (de la declaración de una de sus hermanas en el juicio).

Cuando fui convocado nuevamente a asumir la representación de la familia de Nélida Villar, me negué. “Ni loco”, dije. Ya había estado en esas durante un breve tiempo dos años antes, y por eso ya había leído parte del expediente. El expediente más grueso que vi en mi vida. Diecisiete cuerpos, más de cuatro mil fojas de declaraciones, pericias, informes, fotografías, escritos, resoluciones, planteos, idas y vueltas.

Las razones para negarme eran egoístas. Simplemente de leer parte del expediente (si se puede decir que es simple leer más de cuatro mil fojas), y sobre todo de la lectura entre líneas, de lo que no decía el expediente pero que resulta obvio para cualquiera que ya haya perdido la inocencia en este tipo de cuestiones (y aseguro que esa inocencia la perdí hace rato), me di cuenta que la pelea no iba a ser justa. Nunca fue justa con Nélida, ni con las personas que la querían y a las que dejó atrás, o a las que se adelantó en viaje, como quiera que se tome. Sabía que la tarea no sería para nada grata. Iba a sufrir en el proceso junto con Melania, Anatilde, Gladis y Alicia, mamá y hermanas de Nélida y realmente no quería pasar por eso. Además, siempre creí que esa familia se merecía algo mejor que un abogado que estuviera a más de doscientos kilómetros de su casa, y para colmo, ya agobiado por las tareas propias de las funciones que tenía en el Ministerio Público. Se merecían algo mejor. Siempre merecieron algo mejor de lo que todos les dimos.

Viendo esos días en retrospectiva, casi me causa gracia haber sido tan cándido de pensar que me estaban preguntando si quería asumir la querella, o que mi opinión iba a ser tenida en cuenta. Pronto me trajo a la realidad un auxiliar en un pasillo, cuando dos o tres días después de decir “no, ni loco”, me dijo al pasar “la semana que viene tenes audiencia por lo de Nélida Villar”.

Me volví a encontrar, como dos años antes, con cuatro mujeres solas, atravesadas por un dolor crónico, paralizadas el 7 de mayo del 2013, silenciadas por una corporación de personas abroqueladas en la defensa social de los acusados, hasta el punto de inmovilizarlas y tener que soportar en silencio todo tipo de injurias, como una caravana de allegados a los acusados frente a la puerta de su casa, festejando vaya a saber qué.

Mientras que la corporación de allegados, vestidos de buen nombre, estima social y aura de santidad atacaban, como perros furiosos, a cualquiera que osase señalar a los imputados siquiera como sospechosos de un homicidio, las mismas lenguas viperinas se ocupaban de sembrar todo tipo de infamias sobre la memoria de Nélida.

Esa fue la primera misión. Tratar de empoderar a esas cuatro mujeres. Hacerlas entender que no tenían que defenderse de nada, que no hacía falta defender a Nélida de nada, que tenían todo el derecho de hacer visible su dolor, de señalar con el dedo al macho que creían que les había arrebatado de la forma más cruel a su hija y hermana. De lograr visibilizar a Nélida, que la sociedad supiese quien era. Que la habían matado, por más que a la crema y nata de Malargüe, llena de monjas, señorones y políticos, les gustase que Nélida fuese definitivamente olvidada. Olvidar su nombre, su vida y su muerte. Que no haya existido. La muerte definitiva, el olvido.

Buscamos testigos y los encontramos. Dos personas, con todo el temor del mundo, se animaron a declarar lo que sabían. Recuerdo como si fuera hoy, cuando luego de hacer una inspección ocular cerca de la casa de los acusados uno de los jueces le dijo a uno de esos nuevos testigos “muchas gracias, está desocupado. Ya no lo necesitamos”. Me acerqué y le di la mano. Le dije “fuiste muy valiente”. Me contestó con la cara gris de preocupación “tengo miedo”.

Me di vuelta y le pedí a la fiscal de Malargüe que dispusiese protección policial. Me olvidé de decirle que no estaba de acuerdo con eso de “ya no te necesitamos”. Flaco, a gente como vos, la necesitamos siempre, sos imprescindible. Personas como vos son las que hacen la diferencia, esas personas que, a pesar del miedo, del que dirán, de los dedos señalando y las amenazas, dicen lo que vieron. Le ruego a Dios que te proteja siempre.

En el juicio de a poco comenzó a separarse la paja del trigo. Los testigos que sabían algo, de los videntes y oportunistas. La prueba científica se separó de los curas diciendo desde el púlpito que sabían que fulano y mengana eran inocentes. Las contradicciones y mentiras, separadas de las falsas áureas de santidad y don de gente. La cruda verdad separada de cualquier impostura.

No obstante, y como siempre, hay personas cegadas, que por más pruebas y testigos que escucharan, se mantienen en su postura. Así, mientras que en la sala de debate escuchábamos que el imputado contaba suelto de cuerpo las múltiples infidelidades que cometía, y que con Nélida “se sacaba las ganas” aunque ella lo amaba desde que tenía catorce años, afuera lo esperaba un corro de personas con pancartas que le dedicaban las más variadas bendiciones y con los que incluso rezaba el padrenuestro. En fin, la hipocresía.
Al principio fue duro. Se publicó hasta el hartazgo mi número para que quien quisiera colaborar con información, lo hiciera. Casi nadie escribió, pero me llegó un mensaje por whatsapp que decía “QUE SE JODA POR PUTA”. Te felicito por la empatía, señora no tan anónima (si vas a ser picuda desde el anonimato, al menos no seas tan torpe de publicar tu teléfono en los grupos de compraventa. Espero que hayas obtenido un buen precio por ese cochecito).

Pero poco a poco, sutilmente, casi imperceptiblemente, las cosas fueron cambiando. Las fuerzas se equilibraron. Los rezos públicos se hicieron menos fervorosos. Los videntes empezaron a hablar con otros muertos. Los curas desde el púlpito empezaron a hablar de política y no de inocencias. El juicio, las calles, los autos, los postes, los semáforos, las vidrieras, los parabrisas de los autos, las pecheras, se llenaron de Nélidas y de pedidos de justicia.

Cuando terminó la etapa del juicio en Malargüe, en la banquina de la ruta me encontré, entre otras personas, a Melania. Pobre madre. Todo el juicio sentada entre el público, con una semisonrisa sin ironías ni rencores, como la monalisa. La semisonrisa de una madre que sonríe para no llorar, agradeciendo no sé qué, cuando debería exigir, insultar y reclamar. Cuando la saludé quiso llorar.

Perdón Melania si fui brusco al despedirme en ese momento. No quería llorar con vos, hubiera sido mal visto. No por ser hombre, sino porque debía mostrarme profesional y objetivo, aunque te juro que durante todo el juicio por dentro fui una bola de emociones, tanto que los jueces me reprendieron en privado por ser “demasiado agresivo” con algunos “testigos”.

Ahora que todo pasó, y no importa cómo haya terminado, tengo ganas de ir al cementerio a llevarle una flor a Nélida. Se lo planteé a mi pareja, está de acuerdo y quiere ir conmigo.

Lo de la flor es una excusa. Creo que lo que realmente quiero es ir a pedirle perdón. Perdón por no querer ser tu voz. Creía y creo que te merecías alguien mejor, con más tiempo, más cerca de tu mamá y tus hermanas. Perdón por todos los hijos de puta que tienen que pedirte perdón y no lo han hecho, ni lo van a hacer nunca. Perdón por no haber hecho más (aunque hice todo lo que pude). Perdón en nombre de un sistema del que soy parte, y que no pudo o no supo hacerte justicia a tiempo. Perdón por los que te mataron. Perdón por los hijos que no tuviste, por los que te injuriaron. Perdón por la vida que no viviste, por la muerte que nunca mereciste. Perdón por todo.

También quiero agradecerte. Gracias a vos, soy una mejor persona. En este juicio le encontré sentido a todos los cursos de violencia de género que obligado he tenido que hacer. Vi al machismo a los ojos, y como decía Nietzsche, al asomarme mucho tiempo en el abismo, el abismo terminó asomándose en mí. Vi mi propio machismo, y no me gustó. Dormí poco, y lo poco que dormí, fue con pesadillas. Conceptos como perspectiva de género y patriarcado que hasta entonces me parecían vacíos, ahora para mí tienen mucho sentido.

Nunca me voy a olvidar de Nélida Villar. Cuando mis hijos tengan la edad suficiente para entenderlo, les voy a contar de ella, quien fue y qué le hicieron. De su mamá y sus hermanas. De su papá que se lo llevó la angustia. De la pelea injusta que libraron, y como a pesar de todo, la ganaron. Dicen que la verdadera muerte es el olvido. En mí y en mi familia, en mis hijos y si Dios quiere en su descendencia, Nélida va a vivir para siempre.